Mi enemigo
Persiguiendo al culpable de todas mis angustias, recorrí un camino largo y lleno de molestias que incrementaron mi dolor y mi odio.
Al final del camino, consumido por la rabia, encontré un abismo profundo y oscuro que cortaba el sendero en dos. En el borde opuesto, a lo lejos, pude ver a mi enemigo. Estaba allí, de pie e inmóvil, como si todo este tiempo hubiera estado esperándome.
Desesperado, descendí al abismo. Sus paredes eran tan empinadas que la única forma de cruzarlo era bajar hasta el fondo para luego volver a escalar. Tropecé y caí.
Cuando desperté, comprendí que había quedado inconsciente. Seguía en el abismo, pero ahora mucho más abajo. Miré hacia arriba y distinguí la silueta de mi enemigo, aún inmóvil, aún de pie, observándome desde el borde.
Intenté levantarme, pero el dolor me devoraba por dentro. Al mirar mi pierna descubrí que estaba rota. Maldije y culpé a mi enemigo de mi desgracia.
Me vendé como pude y comencé a caminar. Tenía que subir. Mi venganza tendría que esperar, pero no había renunciado a ella.
Apoyé mis manos sobre la pared del abismo y, con la fuerza de mi única pierna sana, empecé a ascender. Las rocas eran arenosas y estrechas. Bastaba un mal apoyo para volver a caer. Miré hacia arriba. Mi enemigo seguía allí, inmóvil.
Entonces resbalé y volví a caer.
Una vez más lo culpé.
Volví a intentarlo, esta vez con más cuidado. Dejé de confiar en mi fuerza y comencé a asegurar cada paso. A mitad del ascenso encontré un pequeño saliente de roca donde descansar.
Allí crecían dos plantas marchitas. La falta de agua las había dejado casi secas. Las observé un instante, pero aparté la mirada.
—No les daré de mi agua —pensé—. La necesitaré para mi venganza.
Continué ascendiendo, pero terminé cayendo otra vez hasta el fondo.
Desde allí, tirado boca arriba sobre la piedra, volví a levantar la vista. Muy arriba, recortada contra la luz, seguía inmóvil la figura de mi enemigo. Lo culpé nuevamente y me puse de pie.
Pasó mucho tiempo.
Tantas veces rasgué las paredes del abismo que mis dedos terminaron quebrándose. Mi cabeza sangraba y mi pierna rota seguía sin sanar.
Durante una de mis pausas alcancé de nuevo aquel saliente donde la roca ofrecía un poco de descanso. Allí estaban las dos plantas, aún luchando por vivir.
No sé por qué, pero sentí compasión.
Tomé la poca agua que me quedaba y la vertí sobre ellas.
Luego volví a acercarme a la pared. Mis dedos heridos acariciaron la roca mientras levantaba la vista.
Mi enemigo seguía allí.
Sin embargo, esta vez no sentí odio.
No sentí ira.
No sentí nada.
Solo silencio.
Y seguí subiendo.
Después de un largo tiempo divisé, por fin, el borde del abismo. La superficie estaba al alcance de mis manos. La emoción me invadió. Antes de salir, miré una vez más hacia arriba para comprobar si mi enemigo continuaba allí.
Seguía de pie.
Seguía inmóvil.
Y yo seguía en silencio.
Cuando finalmente alcancé la superficie, me aferré al borde con todas mis fuerzas para no volver a caer. Me arrastré por el suelo, algo que antes habría considerado indigno y despreciable.
Poco a poco levanté la mirada.
Mi enemigo seguía allí.
Inmóvil.
De pie.
Observé su pierna.
Estaba rota.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
Levanté un poco más la vista.
Su cintura estaba rasgada.
Sus manos… tenían los dedos quebrados.
Mi respiración se volvió pesada.
Seguí observándolo.
La sangre recorría su rostro igual que había recorrido el mío.
Y cuanto más lo miraba…
más familiar me parecía.
Hasta que vi mi propio rostro.
Y entonces entendí.